martes, 11 de febrero de 2014

Aquí­ se viene a correr, no a pensar

FERNANDO DE TRAZEGNIES
 
Profesor principal de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú
 
Las universidades medievales eran comunidades de personas comprometidas con el saber, donde cada uno aprende del que más sabe y enseña al que menos sabe. Por eso, la universidad medieval tiene mucho de convento: la preocupación es el saber y, consecuentemente los verdaderos universitarios comprometen su vida con la universidad. Estos universitarios consideran que deben también hacer participar a otras personas de su saber; y es así como surgen las especializaciones con plazos determinados, vencidos los cuales el universitario-estudiante abandona la universidad para poner sus conocimientos en práctica en la vida social.
De pronto aparecieron las “carreras” para calificar la función de enseñanza que, entre otras, tiene la universidad. La palabra me parece muy poco apropiada: da la impresión de que se trata de pasar corriendo por la universidad para sacar un título e irse pronto a buscar fortuna a la calle.
 Las verdaderas universidades, aún hoy en día y con los ajustes que exige la modernidad, no son meras escuelas sino comunidades de saber que deben dedicarse fundamentalmente a la investigación y la reflexión, a desarrollar el conocimiento. Esta es la función fundamental de la universidad: la creación del saber. Entre sus funciones adicionales está también - particularmente en la universidad moderna - la difusión de ese saber con fines de ponerlo en la práctica de la vida social. Pero esta función es consecuencia de la primera: una universidad que no invente ni descubra, que no ponga continuamente en cuestión todas las verdades aceptadas, sino que se dedique simplemente a enseñar lo ya sabido, no es una universidad. Puede ser una escuela técnica, una escuela superior o lo que sea... pero no es una comunidad de estudiosos, que es la definición de la universidad.
Por principio, soy enemigo acérrimo de que el Estado intervenga dentro de la administración de las universidades o que intente determinar su línea intelectual, el contenido de la enseñanza, la designación de profesores, etc. Creo firmemente en la autonomía universitaria como elemento esencial para que pueda desarrollarse el saber. Pero, atención, estoy hablando de universidades y no de escuelas técnicas o escuelas superiores disfrazadas con el nombre de “universidad” ni de otras instituciones absolutamente indefinidas e inadecuadas para el cultivo del saber propiamente universitario (esto, es universal). Esas no son universidades. Actualmente se está produciendo una nefasta fusión - o, mejor, confusión - entre las propiamente universidades y otros tipos de centros de enseñanza. A esos otros centros podemos llamarlos de cualquier forma; pero entendamos que no son universidades. No pueden –no deben– otorgar maestrías ni licencias porque estos son títulos académicos que sólo imparte la universidad.
Estas consideraciones nos crean dos problemas: dónde está el límite entre una escuela superior y una universidad; qué se debe hacer con las universidades que no son tales y, quién debe hacerlo.
En cuanto al primer punto, creo que la distinción está en que las escuelas superiores son meros centros de enseñanza y no comunidades de estudio que requerirían investigación y vida universitaria. En cuanto al segundo y al tercer punto, las respuestas son difíciles porque si la selección la realizan las propias universidades, se podría pensar que unas limitan a las otras en su propio beneficio. Y si la selección la realiza alguna dependencia del Estado, podría ponerse en peligro la libertad universitaria. En cualquier caso, deben establecerse reglas muy estrictas, discutidas por todas las partes interesadas, que permitan de manera objetiva distinguir entre las universidades que dan títulos académicos y las otras instituciones de enseñanza que deben estar autorizadas - si lo merecen - sólo a dar licencias profesionales.
En los últimos días hemos visto en TV algunas “universidades chichas” en el Perú que son verdaderamente lamentables. El local es rudimentario: se entra por una pequeña puerta, entre una tienda de baratijas y otra de butifarras, encima de la cual aparece un cartel igualmente “chicha” que lleva el título genérico de Universidad en las letras más grandes posibles, dejando en letras pequeñas el nombre específico de la tal universidad. Por dentro, las llamadas aulas son mínimas, una pizarra pequeñísima y unas cuantas sillas. Con el pretexto de abrir “sucursales” (sic) de supuestas universidades, se crean recintos absolutamente inadecuados que recuerdan más una cafetería que una universidad. Ciertamente, no hay biblioteca, ni laboratorio ni sala de conferencias ni nada que se les parezca. La comunidad académica no existe y, en muchas de ellas, los alumnos vienen sólo una vez al mes para recibir instrucciones de los presuntos profesores, porque la enseñanza es “no presencial”...
Así la llamada universidad se constituye más bien como un hipódromo virtual, abundante en carreras y pobre en resultados.
Se ha dicho que las universidades “chichas” contribuyen, pese a todo, a la educación nacional. Eso es falso. Contribuyen solamente a la pésima impresión que se tiene en el extranjero de la educación y la ciencia en el Perú y a la desilusión de los chicos estudiantes cuando se den cuenta de que sus estudios no les sirven para nada en la vida real. La forma de contribuir a la educación es convertir esas presuntas universidades en escuelas superiores y darles todo el apoyo del Estado. Por otra parte, es preciso aumentar la posibilidad de becas para que los jóvenes de todo el Perú tengan a su alcance universidades tradicionales y respetables donde podrán obtener una visión académica y una profesión que realmente sea reconocida como verdadera por sus futuros clientes.
 
Fuente: El Comercio

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